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Navegaba en mi barco pirata” El
Temido”, cuando divisé a lo lejos un pequeño objeto que con la ayuda de las
olas se aproximaba cada vez más a estribor de mi galeón. El día
era espléndido y los rayos de sol hacían que brillase de una manera muy
especial. Me llamó tanto la atención, que al llegar éste a rozar las paredes
del barco, me dispuse a cogerlo. Utilicé un gancho que tenía guardado en el
camarote y al ver que era lo suficientemente largo como para alcanzar el
objeto, lo subí a cubierta y traté de engancharlo. Me llevó
bastante esfuerzo conseguirlo pero al fin lo tuve en mis manos. Se trataba de
una botella de ron que contenía un mensaje. Resultó ser todavía más
interesante de lo que imaginaba. Abrí con mucho cuidado el papel y comencé a
leer. El mensaje pertenecía a un náufrago y en él relataba su terrible hazaña
en el mar. Contaba también cómo intentó sobrevivir ya en tierra y encontró en
mí su único salvador. Después de leerlo me quedé pensando cómo podía
ayudarle, pues no decía dónde se encontraba. Lo
analicé durante días y al final descubrí que la pista se encontraba en las
frases subordinadas que narraban su aventura. Al cabo de unos días vi otro objeto brillante y más
entusiasmado que la primera vez, lo rescaté y analicé también su contenido.
Se encontraba en una isla tan llena de vida que nunca olvidaría, pero necesitaba salir de allí y depositaba
de nuevo toda su confianza en mí. Ya tenía
dos mensajes y con ellos debía averiguar su paradero. Me encerré durante días
en mi camarote y no descansé hasta descubrirlo. Las subordinadas eran
complicadas, pero ¡lo logré! El
náufrago, a quien debía salvar, se hallaba en Hawai, en la pequeña isla de
Molokay. Rápidamente cambié mi rumbo y navegué en su busca, ya que, él debía
estar soñando con que yo llegase. El viaje
fue largo y me desesperaba por no llegar a tiempo; pero el tan ansiado día
llegó y, con mi barco anclado a orillas de la isla Molokay, busqué
desconsoladamente al autor de los mensajes. Grité sin parar hasta que le
encontré tirado en el suelo luchando por sobrevivir. Como consecuencia del
frío, el hambre, las soledad.. el hombre se encontraba en muy mal estado. Le había encontrado, afortunadamente vivo,
pero mi misión no había acabado, debía reanimarle y conseguir que viviese hasta
llevarle de vuelta a casa. Esa fue una ardua tarea pero que con suerte salió
bien. Navegamos
los dos en “El Temido”, y como debía atender a sus necesidades, permanecí con
él en el camarote. Que no muriese era muy importante para mí. Cuando se
encontró con fuerzas agradeció enormemente mi ayuda, la cual como buen
capitán traté de infravalorar. Le dije que no me hubiera perdonado dejarle
morir. Mi
trabajo fue recompensado con éxito
cuando lo devolví a su hogar y pudo hablar de su aventura sano y salvo. |
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Marta Rodríguez Arciniega 4ºESO A |