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Después de largos días
navegando rumbo a Molokay, El Temido ha rescatado a Robinsón. No ha sido una
tarea fácil y tampoco rápida, ya que el viento no nos ha sido favorable esta
semana y, por lo tanto, hemos llegado mas tarde de lo previsto.
La isla era igual a la descripción que había
hecho en su mensaje. En su parte central un volcán, posiblemente activo en su
interior, destaca por tener piedras afiladas en sus pendientes, las cuales
recuerdan la boca de un tiburón. La vegetación, en efecto, es más verde y
exuberante que la del Amazonas y el cielo azul parece estar estrellado
con cientos de aves desconocidas.
Cuando llegamos, Robinsón ya
había recogido sus pertenencias y parecía dispuesto a embarcar lo más
rápido posible. Al llevar diez fatigosos días de viaje, no ha sido posible y
he permitido a mis hombres bajar a descansar. Mientras los marineros se
despejaban, yo he paseado por la isla con Robinsón para oír de su boca lo que
ocurrió exactamente el día del naufragio del Princesa de los Mares. Me ha
hecho una detallada descripción de la tempestad y de como había conseguido sobrevivir
en la isla a la espera de su rescate. Cuando ha terminado el sol ya se estaba
escondiendo y he dado la orden de regresar abordo. 
A la hora de cenar nuestro
virtuoso cocinero, como acostumbra a hacer, con unas simples patatas y
verduras ha conseguido preparar una excelente cena, y se ha ganado así la
admiración de la tribulación que es experta en abrumar a cualquiera. El
segundo de abordo, mi fiel compañero Smythe, ha propuesto celebrar el rescate
de Robinsón con ron. Los marineros me han mirado
esperanzados y al final he accedido, estos chicos se merecían un trago
después de dos duras semanas de trabajo.
Robinsón y yo nos hemos
retirado a mi camarote y allí con un poco de tabaco y un
whisky lo hemos celebrado a nuestra manera. Robinsón ha vivido un día muy
intenso y por esa razón le he acompañado a su camarote donde duerme
placidamente, al igual que lo haría un niño al regresar del circo, con una
sonrisa dibujada en la cara.
Yo seguramente tardaré mas en
dormirme porque los marineros continúan su fiesta y se siguen oyendo sus
continuas carcajadas.
He ordenado a Smythe poner
rumbo a casa, donde dejaremos a Robinsón y donde recogeremos el cargamento
que hemos de transportar a la India. Mañana, al amanecer del día, Robinsón
pondrá un telegrama a su familia para que no se preocupen y como capitán que soy
de este barco también le ofreceré un puesto como marinero ya que su antiguo
puesto habrá sido sustituido. Sería una suerte que se quedara porque en este
oficio se necesitan hombres fuertes y valientes dispuestos a surcar los siete
mares sin miedo a nada.
Subordinón
Marckham,
El
Temido, 16 de junio de 1877
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