(Queda la escena sola. Un piano lejísimo toca un estudio de Cerny. Pausa. Entra el primo, y al llegar al centro de la habitación se detiene porque entra Rosita. Quedan los dos mirándose frente a frente. El primo avanza. La enlaza por el talle. Ella inclina la cabeza sobre su hombro.)

Rosita:
¿Por qué tus ojos traidores
con los míos se fundieron?
¿Por qué tus manos tejieron,
sobre mi cabeza, flores?
¡Que luto de ruiseñores
dejas a mi juventud,
pues, siendo norte y salud
tu figura y tu presencia,
rompes con tu cruel ausencia
las cuerdas de mi laúd!
Primo: (La lleva a un «vis-a-vis» y se sientan.)
¡Ay, prima, tesoro mío!,
ruiseñor en la nevada,
deja tu boca cerrada
al imaginario frío;
no es de hielo mi desvío,
que, aunque atraviesa la mar,
el agua me ha de prestar
nardos de espuma y sosiego
para contener mi fuego
cuando me vaya a quemar.
Rosita:
Una noche, adormilada
en mi balcón de jazmines,
vi bajar dos querubines
a una rosa enamorada;
ella se puso encarnada
siendo blanco su color;
pero, como tierna flor,
sus pétalos encendidos
se fueron cayendo heridos
por el beso del amor.
Así yo, primo inocente,
en mi jardín de arrayanes
daba al aire mis afanes
y mi blancura a la fuente.
Tierna gacela imprudente
alcé los ojos, te vi
y en mi corazón sentí
agujas estremecidas
que me están abriendo heridas
rojas como el alhelí
Primo:
He de volver, prima mía,
para llevarte a mi lado
en barco de oro cuajado
con las velas de alegría;
luz y sombra, noche y día,
sólo pensaré en quererte.
Rosita:
Pero el veneno que vierte
amor, sobre el alma sola,
tejerá con tierra y ola
el vestido de mi muerte.
Primo:
Cuando mi caballo lento
coma tallos con rocío,
cuando la niebla del río
empañe el muro del viento,
cuando el verano violento
ponga el llano carmesí
y la escarcha deje en mí
alfileres de lucero,
te digo, porque te quiero,
que me moriré por ti.
Rosita:
Yo ansío verte llegar
una tarde por Granada
con toda la luz salada
por la nostalgia del mar;
amarillo limonar,
jazminero desangrado,
por las piedras enredado
impedirán tu camino,
y nardos en remolino
pondrán loco mi tejado,
¿Volverás?
Primo:
Sí. ¡Volveré!
Rosita:
¿Qué paloma iluminada
me anunciará tu llegada?
Primo:
El palomo de mi fe.
Rosita:
Mira que yo bordaré
sábanas para los dos.
Primo:
Por los diamantes de Dios
y el clavel de su costado,
juro que vendré a tu lado.
Rosita:
¡Adiós, primo!
Primo:
¡Prima, adiós!
(Se abrazan en el «vis-a-vis». Lejos se oye el piano. El primo sale. Rosita queda llorando. Aparece el tío, que cruza la escena hacia el invernadero. Al ver a su tío, Rosita coge el libro de las rosas que está al alcance de su mano.)