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Tía: Mi sobrina está comprometida.
Ama: No me haga usted hablar, no me haga usted hablar, no me haga usted
hablar, no me haga usted hablar.
Tía: Pues cállate.
Ama: ¿A usted le parece bien que un hombre se vaya y deje quince años
plantada a una mujer que es la flor de la manteca? Ella debe casarse. Ya me
duelen las manos de guardar mantelerías de encaje de Marsella y juegos de cama
adornados de guipure y caminos de mesa y cubrecamas de gasa con flores de
realce. Es que ya debe usarlos y romperlos, pero ella no se da cuenta de cómo
pasa el tiempo. Tendrá el pelo de plata y todavía estará cosiendo cintas de
raso liberti en los volantes de su camisa de novia.
Tía: Pero ¿por qué te metes en lo que no te importa?
Ama: (Con asombro.) Pero si no me meto, es que estoy metida.
Tía: Yo estoy segura de que ella es feliz.
Ama: Se lo figura. Ayer me tuvo todo el día acompañándola en la puerta
del circo, porque se empeñó en que uno de los titiriteros se parecía a su
primo.
Tía: ¿Y se parecía realmente?
Ama: Era hermoso como un novicio cuando sale a cantar la primera misa,
pero ya quisiera su sobrino tener aquel talle, aquel cuello de nácar y aquel
bigote. No se parecía nada. En la familia de ustedes no hay hombres guapos.
Tía: ¡Gracias, mujer!
Ama: Son todos bajos y un poquito caídos de hombros.
Tía: ¡Vaya!
Ama: Es la pura verdad, señora. Lo que pasó es que a Rosita le gustó
el saltimbanqui, como me gustó a mí y como le gustaría a usted. Pero ella lo
achaca todo al otro. A veces me gustaría tirarle un zapato a la cabeza. Porque
de tanto mirar al cielo se le van a poner los ojos de vaca.
Tía: Bueno; y punto final. Bien esta que la zafia hable, pero que no
ladre.
Ama: No me echará usted en cara que no la quiero.
Tía: A veces me parece que no.
Ama: El pan me quitaría de la boca y la sangre de las venas, si ella me
los deseara.
Tía: (Fuerte.) ¡Pico de falsa miel! ¡Palabras!
Ama: (Fuerte.) ¡Y hechos! Lo tengo demostrado, ¡y hechos! La
quiero mas que usted.
Tía: Eso es mentira.
Ama: (Fuerte.) Eso es verdad!
Tía: ¡No me levantes la voz!
Ama: (Alto.) Para eso tengo la campanilla de la lengua.
Tía: ¡Cállese, mal educada!
Ama: Cuarenta años llevo al lado de usted.
Tía: (Casi llorando.) ¡Queda usted despedida!
Ama: (Fortísimo.) ¡Gracias a Dios que la voy a perder de vista!
Tía: (Llorando.) ¡A la calle inmediatamente!
Ama: (Rompiendo a llorar.) ¡A la calle!
(Se dirige llorando a la puerta y al entrar se le cae un objeto. Las dos están
llorando.) |