Aixerrota BHI

                 EL CONFLICTO GENERACIONAL

 

Andrea García Trancho  (1º Bachiller )

 

 

Mientras buscaba  en la pared de mi cuarto - sin demasiado  éxito -  ideas que relacionaran a Don Quijote y Sancho con algún estereotipo actual, mi padre irrumpió en la habitación despotricando sobre alguna cuestión que no entendí - o no quise entender -  ya que tenía los cascos puestos y así siguieron durante su exaltado monólogo.

Quizás fuera el desorden caótico de mi habitación, o el hecho de que estuviera tumbada en la cama con la mirada perdida en lugar de estudiar, o cualquier otro tema habitual de discusión. Mientras mi padre gesticulaba al ritmo de los Iron Maiden de mi mp3, yo asentía contemplando hipnotizada  cómo la vena de su cuello iba alcanzando dimensiones desproporcionadas, como si de veras estuviera cantando, lo que me provoco una sonrisa, que a su vez provocó que mi padre se marchara dando un portazo. Quizás creyó que mis cabeceos significaban que estaba de acuerdo con sus palabras, o quizás  - opción más probable -  se habría dado por vencido y se alejaba murmurando que la adolescencia es una enfermedad que se pasa con los años.

Esto hizo que un chispazo conectivo saltara en mis hasta entonces adormiladas neuronas. Si la juventud es una enfermedad, quizás comparable a la locura... ¿Podríamos los jóvenes compararnos a Don Quijote? El caso es que la pared comenzó cual musa divina, a inspirarme ideas que se iban encadenando una detrás de otra.

Quizás, después de todo no fuera una idea tan absurda. Paradójicamente, Don Quijote, viejo, ajado y sumido en su estrambótica demencia senil se acerca más al arquetipo de la juventud, que a cualquier otro que mi pared haya sugerido antes. -  debe de  estar quedándose sin ideas. - Tendré que cambiar de perspectiva para futuros trabajos.

Nuestra locura es nuestra inocencia, nuestra credulidad, nuestro idealismo, nuestra desobediencia, nuestro vitalismo. Los  libros de caballerías  que alimentaban la imaginación y demencia del caballero de la triste figura,  dan un salto de varios siglos en mi mente, convirtiéndose en historias difundidas por los medios de masas  o de boca en boca.

Como aquella de un  heroico caballero andante procedente del otro lado del Atlántico, que armado sólo con su valor, su ideal y su fusil, pretendía vencer al tirano de la ínsula mundial, en una lucha desigual. Fue asesinado poco después, a traición, cuando aún era joven, convirtiéndose así en un ídolo de masas, recordado en eterna juventud. Su efigie es vendida en camisetas, mecheros, carteras... (irónico final para alguien en contra del consumismo) y enarbolada en banderas por jóvenes que luchan por todo tipo de ideales, aún sabiendo la liza desigual.

O bien, podían protagonizar estos libros, héroes no tan  idealistas, pero no por ello menos afamados entre la juventud. Aquellos, que coreados por una multitud  que les aclama, dejan por un momento el lujo y la fama en casa para  mantener combates ficticios y novelescos en un campo de batalla en el cual sus armas son sus piernas y la bala una pelota. O los conflictos y conspiraciones de una corte llamada Hollywood. O también esos otros que intenta ganar su honor y gloria en las listas de éxitos de todas las radio-formulas.

Estos héroes inspiran nuestras propias batallas adaptadas a la cruda y poco fantástica realidad, llevándonos desde la ingenuidad, al fanatismo.

Sea cual sea nuestro particular Amadís,  - no seré yo quien tire piedras en su propio tejado pasando a todos los jóvenes por el mismo rasero -  no debemos olvidar que lo relatado en estos libros, bien poco se acerca a la realidad.

También al igual que los caballeros, creamos a nuestra propia Dulcinea, la persona dueña de nuestro corazón, nuestra alma gemela. Ese ser perfecto física y moralmente que nuestra imaginación crea tomando como vago patrón a algún ente real. Este ser divino  tan solo existe en nuestra mente. Pero nuestra locura llega hasta el punto de creer en la perfección del ser amado, justificando nuestra vida con ese amor. Hasta que al despertar vemos a Aldonza. Una criatura quizás hermosa o amada pero tan imperfecta como el resto de los mortales.

Con nuestro fatalismo y exageración característicos, propios de quien todavía no sabe lo que es un golpe verdaderamente duro, vemos gigantes donde solo hay molinos. Y suspender un examen, un castigo, un desamor, una pelea entre amigos, una mera discusión, se convierte en un drama terrible, que no por exagerado duele menos.

Y sin embargo, somos incapaces de ver a los verdaderos enemigos. Son para nosotros vagas sombras. Sin saber que tras ellas se ocultan peligros tales como la droga, adversario que vemos  inofensivo,  y  que creemos poder controlar, incluso jugar con él. Hasta que  confiados, cuando dejamos que se acerque demasiado,  nos enfrentamos  a lo que hasta entonces era una pequeña sombra y que ahora es un gigantesco y aniquilador monstruo, que nos absorbe como un remolino y no nos deja escapar.

Pero, ¿cuál es el motivo para que al igual que don Quijote con su débil armadura, nos sintamos invencibles? Mi pared opina que se debe a la quimérica inmortalidad que los jóvenes creemos tener. - la verdad es que para ser una pared tiene un vocabulario bastante culto -   Debido a esto, olvidamos que la muerte no entiende de edades, y la vemos como una amenaza inmensamente lejana, imposible o improbable.

Su tenebroso e ineludible abrazo parece incapaz de alcanzarnos, cobijados bajo nuestra juventud. Protegidos por esta aura ilusoria de inmortalidad creemos poder enfrentarnos a toda clase de peligros, batallas y enemigos, convencidos de salir victoriosos.

Bajo la seguridad de nuestra irreal coraza, entramos exultantes en batallas arriesgadas desconociendo que lo que creemos una “invencible armadura” no es sino una burla grotesca que vemos desaparecer en pleno combate ante nuestros atónitos y por una vez incrédulos ojos.

Los  agraciados que por suerte consiguen salir victoriosos sin rasguño alguno, creen ser vencedores de la liza por mérito propio y no por puro azar, acrecentando aun más su osadía y estúpido ego, aumentando la temeridad de sus actos y enfrentándose irreflexivamente a enemigos mayores.

Muchos encuentran la fragilidad  de lo que antes creían irrompible a costa de heridas y magulladuras tanto físicas como morales, que les abren violentamente los ojos. Aunque desgraciadamente, tan pronto como hayan cicatrizado dichas heridas, la inmensa mayoría correrá en pos de una nueva batalla.

Los más desafortunados descubren demasiado tarde, cuando ya es imposible retirarse, la falsedad de nuestra invulnerabilidad y  pierden la batalla incapaces de volver jamás al camino,  contemplando con horror cómo la sombra de la muerte acechaba escondida mucho más cerca de  lo que jamás habrían creído, codiciando almas jóvenes y temerarias.

Cabalgamos sobre Rocinante, nuestra juventud, con la que sentimos poder recorrer el largo camino de la vida, aunque lamentablemente, este corcel no es sino un caballo flacucho y débil que sé ira agotando hasta morir a lo largo del camino.

¿Y qué decir de nuestras armas? Nuestra lanza es la justicia; nuestro escudo, la razón; nuestra voz, nuestra espada... Pero al igual que a Don Quijote, nuestra locura (llamada inocencia), no nos deja ver que nuestra espada se quiebra ante los muros de la sinrazón, la insolidaridad, la soberbia y el afán de poder que rige el mundo. No nos resignamos a aceptar que la justicia no es ciega más que al dolor del débil, y que la balanza se inclina con el peso del dinero y el poder.

Si nuestra locura es la juventud, la agonía y a la muerte de Don Quijote se ve representada en el paso a la madurez. Cuando súbita o gradualmente, la cordura o madurez se asienta en nosotros y comprendemos lo “demencial” o “infantil” de nuestros actos pasados. Matando así al caballero andante que tuvimos dentro.

Y si la juventud es la reencarnación de Don Quijote, y teniendo en cuenta que Sancho y él no son personajes antagónicos, sino complementarios, qué mejor contrapunto a la juventud que la madurez, representada por los padres.

A pesar de ser Sancho más joven físicamente que Don Quijote, está envejecido por los golpes de la dura vida trabajando, cosa que Alonso Quijano, como hidalgo que es, no conoce.  Su realismo  es causa de la experiencia, y su materialismo, de alguna manera, corresponde a un mecanismo de supervivencia. Ni él ni nuestros padres pueden permitirse tener muchos sueños. La vida de Sancho ha estado pegada a la tierra, teniendo que luchar cada día por conseguir llevar algo a las bocas de él y su familia. Don Quijote, no sabe nada de la dura vida real, puesto que no ha tenido ocasión ni necesidad de comprobarlo.

Quizás no sea tan descabellada la idea de comparar a Sancho con los padres. Pues, ¿Acaso no muestra Sancho una actitud paternalista hacia Don Quijote? Intenta protegerle, sabiéndole indefenso en su locura. Al igual que los padres protegen a los hijos ante su inexperiencia e inocencia.

Y, es más ¿Acaso los padres no denotan cierto  servilismo hacia sus hijos? Acentuado aún más por el temor de que el despertar temprano de su locura, es decir,  la perdida de su inocencia,  pueda acarrearles consecuencias peores que la locura en sí.

            En la novela de Cervantes existe un intercambio de rasgos entre los personajes, esto también ocurre en el conflicto generacional, ya que poco a poco los jóvenes se van “sanchificando”,  madurando y  adentrándose en la cruda realidad, rompiendo la burbuja utópica en la que viven,  hasta acabar convirtiéndose en adultos.

Sin embargo,  ¿Cómo es posible entonces que a pesar de su razón, realismo y desengaño por la vida, Sancho  siga crédulamente a Don Quijote en sus disparatadas correrías? La respuesta es sencilla; Don Quijote es para Sancho un héroe, de la misma manera en que muchos progenitores consideran  a sus hijos sus  ídolos. Por eso, más esperanzador que ver  madurar a los jóvenes, -  que sólo es un proceso natural -  es ver cómo los hijos reviven las ganas de vivir y  la ilusión de sus padres. Intentan cumplir con ellos sus sueños frustrados y las esperanzas ya perdidas,  pues quieren  dejar en ellos su legado para el futuro.

Bruscamente, mi padre abre la puerta interrumpiendo mis reflexiones. Abre la boca para reprocharme el que esté tendida en la cama, exactamente en la misma postura en la que me había dejado hace casi una hora. Pero en lugar de eso, se queda en silencio, cree que estoy dormida. Me mira y veo que sonríe, y por un fugaz instante sus ojos brillan. Después, cierra la puerta suavemente y se marcha.

Cambio de postura, mirando esta vez al techo y pienso en su sonrisa, una sonrisa repleta  de orgullo por su hija. Y a la vez, pienso en esos ojos brillantes de nostalgia, al ver reflejado en ella, la locura, la vitalidad, la rebeldía y la ignorante y despreocupada felicidad que él  también tuvo una vez. Y entonces comprendo, que en silencio,  en lo más profundo de su ser, ansía  poder volver a enloquecer y jamás sanar.